26 febrero, 2017 \

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Lamurga” de Salvatierra

El banquero Ignacio Salvatierra Palacio – el de Inverbanco, ¿lo recuerdan? Bueno, Salvatierra, quien presidió la Asociación Bancaria de Venezuela en 2003, desde hace algunos años pegó la carrera y fijó residencia en Panamá, país que adoptó como su segunda patria – Me siento panameño, dice, orgulloso- donde se dedica de lleno a una de sus tantas pasiones, la música. Pero su tema El Platanal compite por Venezuela en el Festival Internacional de Viña del Mar, en la voz de una cantante panameña, Lydia Arosemena. El Platanal de Salvatierra obtuvo la más alta puntuación la noche del lunes, en la categoría folclórica. En la canción, un romance de negros barloventeños que tienen una cita amorosa a la luz de la luna, en el vaivén de una hamaca como lecho de amor.

Sola con Sofía

Tuve el privilegio de conocer a Sofía en los primeros años de Zeta, cuando ella escribía al alimón con Poleo el Péndulo de la revista, las dos columnas enfrentadas porque tenían posiciones políticas opuestas; ella con su intransigencia derechista, él, frenético betancourtista, relativamente a la izquierda.  Son años inolvidables, cuando Zeta era una fiesta, luchábamos para colocar el naciente medio entre los mejores del mercado periodístico. Sofía escribió en Zeta casi dos años. Un sábado, finalizada la jornada, fui con Rafael Poleo a visitar a Sofía y a Carlos en su casa de la Alta Florida, esa casa, como ella decía, solo entraban sus amigos y familiares. Quedé aturdida con la atmósfera bohemia de aquel maravilloso hogar abarrotado de libros, de obras de arte, de fotografías de momentos felices, de piezas raras, de tallas criollas. Todo tan Carlos y Sofía. Aquélla tarde inolvidable ellos estaban particularmente simpáticos, se les veía alegres, tan compañeros, él siempre atento para complacerla a ella. Ese día vestían como cualquier pareja un sábado casero; ropa deportiva y Sofía no vestía el clásico talleur de Chanel, llevaba pantalones y blusa de algodón y “cholitas”. Sofía era una provocadora nata, Carlos lo sabía y la dejaba provocar, así que se enfrascaron en una conversación sobre Carlos Andrés Pérez y otros temas de actualidad. De allí salimos casi al anochecer. No volví a tener a Sofía tan cerca hasta ocurrida la tragedia de Carlos. Cenamos en el Restaurante El Parque, que quedaba en Parque Central. Cuando llegamos, ella ya estaba sentada a la mesa, vestida de medio luto. Nos saludamos y entonces ella me entregó una enorme caja con el diseño del Museo. Agradecí el gesto y, por cortesía, intenté abrir el paquete, pero me paró en seco: ¡No lo abras aquí! -ordenó, con tono autoritario.  Entonces dijo, les voy a contar cómo fue lo de Carlos y no volveremos a hablar de ello porque no los invité para eso. Estábamos en la casa, él estaba como todos los días, normal. De repente, se escuchó el disparo. Corrí hacia el baño, y lo encontré, muerto. Había empapelado todo el cuarto de baño con papel periódico. Un desastre. Me dejó una carta donde me dice que sabré sobreponerme… Inmediatamente llamé a Jaime (Lusinchi), y le dije: Jaime, Carlos se acaba de suicidar. Bueno, lo demás ya lo saben, no se hable más del asunto.

Su muerte fue rápida, el Dios en el que nunca creyó fue misericordioso: “No quiero que me prolonguen innecesariamente la existencia ¿Qué sería de la vida sin pasiones?  Nada.  ¿Tragar, cagar y dormir? Para mí, eso no”. Aplausos para esta mujer única.

Saqueando el pasado

Esta fotografía corresponde a una de las ediciones diarias -en vivo- del programa Buenos Días (1968-1992) que transmitía Venevisión; el invitado de aquél día de mediados de los años setenta, era el combativo periodista Rafael Poleo, invitado frecuente a Buenos Días y amigo entrañable de Sofía y Carlos, moderadores de la célebre emisión televisiva en blanco y negro, programa por el cual desfilaron las más distinguidas personalidades de la política e intelectualidad nacional y mundial. De plató inconfundible por su sobriedad y elegancia minimalista, en Buenos Días solo cambiaban los invitados. El escenario donde ocurrían las acciones estaba decorado con sillas y mesas de arrimo de líneas rectas y sencillas, muy Capuy, atestadas de periódicos y libros de actualidad; como única pieza decorativa, un cuadro del maestro Alejandro Otero, amigo entrañable de cuando Sofía vivó en París y se amigó con el grupo de artistas venezolanos conocidos como Los Disidentes. Entonces estaba casada con su primer marido Guillermo Meneses, padre de sus cuatro hijos, y de quien se divorció para casarse con Carlos Rangel.