16 Abril, 2017 \

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Una acumulación de circunstancias que escapan a la intención de esta crónica hace que cada tantos años en un país determinado un grupo de jóvenes iluminados coincida en un propósito y provoque un salto hacia adelante en la formación de ese país. En Venezuela eso ocurrió en 1810 y 1928, y está ocurriendo ahora en 2017.

         Tal recurrencia merece estudio especialmente por parte de los jóvenes que con sudor y sangre ahora mismo se ganan el respeto y la solidaridad de las generaciones anteriores. Ojalá internalicen   su rol más allá del éxito aparente, de la notoriedad y de precarios triunfos electorales que no tienen sentido si no conducen a realizaciones estables en la tarea de construir un país, lo que generaciones anteriores no pudieron hacer porque se lo impidió el afán de lucro, la ideologización y el protagonismo.  El lucro viene como subproducto del esfuerzo, pero no puede ser un fin en sí mismo. Ideas hay que tener, pero sin convertirlas en sistemas de los cuales se esperen todas las respuestas. En cuanto al protagonismo, su antídoto es cierto sentido filosófico de la existencia que debería exigirse a toda persona con aspiración de poder.

         De la generación de 1810, que como esta de 2017 emergió en un abril, quienes sobrevivieron a la guerra no llegaron a acordarse en torno a un proyecto. Sucesivos gobiernos fueron más o menos estériles y pronto se cayó en la aberración de mirar el poder como un fin en sí mismo, cuando poder no tiene sentido si no es poder hacer.

         En años de muerte y destrucción, o de letal estancamiento o vertiginoso retroceso -como es el caso actual-, se ha considerado buen político al que sabe ganar batallas que la república siempre pierde, puesto que es ella, de hecho es cada ciudadano, quien paga los costos. Se ha perdido el respeto por la dignidad y el decoro, la ilusión de crear y la admiración por quienes son capaces de hacerlo. Hemos tenido un solo período de crecimiento físico e institucional, el que empezó con López Contreras (1936), continuó con la Revolución de Octubre (1945)  y se extinguió cuando ésta cumplió su programa sin que quienes seguimos fuéramos capaces de diseñar uno nuevo siquiera practicable. Hubo ciudadanos de moralidad ejemplar, pero de ellos sólo quedó el gesto: “Mi cadáver lo llevarán, pero Fermín Toro no se prostituye”. Héroes patéticos esterilizados por la dispersión. Faltó la cohesión generacional con unidad de propósito.

         Desde la Independencia y con excepción de la Generación del 28 (la de Betancourt, Leoni, Villalba, Caldera, Pérez Alfonzo, etc.), cada hornada ha sido una frustración, hasta caer en una dictadura sin grandeza, deprimente por su ridiculez, esa que esta semana perdió la segunda batalla de San Félix, la de los huevos amorosos que cantó Aristóbulo. Con semejante esperpento hemos tocado fondo. El rebote para volver a ascender pudiera estar en esta Generación del 17.

         Pedro Pablo Aguilar, estadista que destaca en la ya extinguida Generación del 45, con simple hondura cristiana dijo que “Dios no nos puede castigar toda la vida”.  La generación nuestra, la mía, la de 1958, que ha pasado sin pena ni gloria, debe su apoyo a esta del 2017 que nos sigue. Démosle ejemplo aunque sea el de nuestros errores, reconociéndolos para que ellos no los repitan y puedan entre todos hacer un país civilizado en el campamento minero que nos legaron los libertadores.

         Dios los bendiga como él mejor sabe hacerlo: iluminándolos.