30 Abril, 2017 \

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Los años de autoritarismo salvaje, servidumbre a Cuba y lucha por la libertad, han sido para los venezolanos una dura lección que debemos fijar y capitalizar en la construcción de un país para todos. No se trata de reconstruir a Venezuela, sino de hacer un nuevo país sin las monstruosas deformidades de estos años oprobiosos ni las distorsiones de la etapa anterior, aquella de una democracia no imperfecta -como cualquiera puede serlo-, sino demasiado imperfecta.

En esa lucha por la libertad hemos aprendido el desprecio por el protagonismo narcisista y los ridículos personajes que padecen esa patología psicosocial que en Hugo Chávez tuvo su ejemplo más patético y que no aceptaremos en los dirigentes democráticos. De hecho, en la lucha hemos visto como los dirigentes se han venido sucediendo disciplinadamente en la vocería. Es el entrenamiento para el régimen coaligado que debe conducir los primeros años de una nueva democracia en la cual construiremos un nuevo país para todos los venezolanos.

Relacionada con la enseñanza anterior es la del respeto a las instituciones, que se venía relajando en los años finales del siglo pasado y se extinguió en los años del autoritarismo salvaje hasta llegar al envilecimiento de la institución armada y la judicatura, y el desconocimiento del Poder Legislativo por parte de un Ejecutivo esperpéntico impuesto desde la metrópoli colonial de La Habana. Previamente se había producido el desprestigio de los partidos políticos y la irresponsable substitución de esas instituciones por iluminados que nos llevaron al desastre. Lo aprendido es que a las instituciones hay que vigilarlas para que no se deterioren y reforzarlas cuando se debilitan, pues son indispensables para el funcionamiento saludable de éste y cualquier país.

El resultado más positivo que nos ha dado tanto sufrimiento pudiera ser el de una disciplina social que nos faltaba. La paciente construcción de una Unidad Democrática debió superar no solamente los protagonismos infantiles de sedicientes “líderes” que no aguantan el análisis severo a que debe someterse un aspirante presidencial, sino el atávico individualismo del venezolano tirador de paradas que juega el destino del país a los dados. Fue el sufrimiento lo que atemperó las ambiciones infantiloides, dando paso a la planificación y preparación cuidadosas que ha demolido las bases del ya insostenible régimen esperpéntico.

Para coronar el esfuerzo debemos mantener esa disciplina, y para construir el país que merecemos sin pasar por ferias de personalidades afectadas de patologías protagónicas debemos mantenerla después que la pesadilla haya pasado y venga la hora de la acción positiva, aquella de construir un país de todos en el campamento minero que nos legaron los libertadores.